
Malacara ha estado en Salamanca, cogiendo frío.
La carretera se veía blanca de sal y la nieve se acumulaba en las cunetas.
A Malacara le gusta coger frío y almacenarlo en tarros herméticos de cristal.
En Salamanca el viento helado baja por las calles de piedra y salta sobre el Tormes.
Densas láminas de frío escarchado, con olor a ventisca y carbón, que hará más soportable el recuerdo de las sofocantes tardes del verano.
El frío como único espacio habitable, no podría estar más de acuerdo. Y a veces, imaginar a ese otro (ese otro yo) que podría haber nacido al calor de ese frío; quién sería, cómo pensaría, si se sentiría un poco menos perdido que el yo que sucumbe al calor "caluroso" de estas latitudes...
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