
A medida que trascurre el tiempo el rostro humano se transforma en su máscara: una fláccida careta de pellejo, músculos, pelo y grasa que se superpone al rostro original.
Malacara, atento observador del fenómeno, sitúa la frontera en torno a los cuarenta años. Desde ese momento, los rasgos faciales se intensifican y distorsionan hasta convertirse en una caricatura grotesca de sí mismos. Una careta fijada en un único gesto (de indiferencia, hastío, cansancio, asco), en un rictus que pretende ser amable o inteligente; un vaciado de cera semiderretida formando pliegues y arrugas. La piel se cubre de excrecencias como el casco de un viejo barco de moluscos y algas.
Si Malacara se atreviese a desprender de su armazón de hueso las máscaras que le rodean, con seguridad se quedaría con un colgajo de carne inerte entre los dedos, la mascareta, el disfraz inevitable. Y debajo, al descubierto, el rostro básico y común, como una media ajustada sobre la calavera.
Viva, eres la alegría de la huerta!! Me has alegrado la mañana...
ResponderEliminarAhora en serio. Firmo punto por punto, coma por coma. Y me encanta la forma de contarlo.
Cuando tengo estos días de buen rollo... ya me conoces
ResponderEliminarEsta entrada hace unos años y en un domingo por la tarde, hubiera sido el acople perfecto a mis sensaciones vitales. Ahora amigo, vivo una alegre inconsciencia y además es viernes tarde. Ya sé, el retorno es inevitable en la espiral de la existencia (Uhmm, tono intenso y cursi que no pretendía).
ResponderEliminarEspero poder mostrar mi parte girasol, más inconsciente y vital.
ResponderEliminarPara Javi: no he contado con nadie. Lo abrí y lo vinculé a facebook, sin pensarlo demasiado. En todo caso, i´m sorry.
Tks