
En los ritos higiénicos que puntúan lo cotidiano, Malacara descubre ancestrales ritos de purificación vinculados lejanamente con el bautismo o el nacimiento. Cada ducha abre una oportunidad al destino por la vía del chorro caliente y el jabón. En su religión pagana, las voces que habitan el agua le susurran hoy empieza todo. Por el sumidero se marchan las escamas gastadas de la rutina, los renglones con los que todo parece de antemano escrito. Como ante una hoja en blanco, quietos los ojos en su improbable pureza, Malacara puede pensar que esta vez ocurrirá algo luminoso, que podrá aparejar un texto ingenuamente trascendente.
Lavarse los dientes, con la fragancia recién estrenada de mentas y clorofilas, promete en su ilusión de salud polar un flujo de palabras recién inventadas.
Eliminamos pulcramente los residuos de nuestra actividad animal y predadora para buscar estrellas en el cielo de la boca.
Me sugiere el pensamiento de que escribir, en demasiadas ocasiones, es a su vez un mero proceso de desescamación, bien propia, bien de la realidad.
ResponderEliminarTono casi bucólico hasta la reflexión final, rotunda y zumbona, asomada a los abismos de la biología. El clásico esquema "caricia-cachete", al que es tan afecto nuestro Malacara...
ResponderEliminarBrillante.
ResponderEliminar¿Bucólico...? Julio, no te confundas con Malacara!!
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