lunes, 29 de noviembre de 2010

EL CIELO DE LA BOCA



En los ritos higiénicos que puntúan lo cotidiano, Malacara descubre ancestrales ritos de purificación vinculados lejanamente con el bautismo o el nacimiento. Cada ducha abre una oportunidad al destino por la vía del chorro caliente y el jabón. En su religión pagana, las voces que habitan el agua le susurran hoy empieza todo. Por el sumidero se marchan las escamas gastadas de la rutina, los renglones con los que todo parece de antemano escrito. Como ante una hoja en blanco, quietos los ojos en su improbable pureza, Malacara puede pensar que esta vez ocurrirá algo luminoso, que podrá aparejar un texto ingenuamente trascendente.

Lavarse los dientes, con la fragancia recién estrenada de mentas y clorofilas, promete en su ilusión de salud polar un flujo de palabras recién inventadas.

Eliminamos pulcramente los residuos de nuestra actividad animal y predadora para buscar estrellas en el cielo de la boca.

sábado, 27 de noviembre de 2010

SHIVER




Nos pensamos dignos de una banda sonora que adorne y dote de brillante contrapunto a una deslustrada vida. La de Malacara incluiría alguna composición de Coltrane (en los momentos de iluminación o impulso, que serían escasos y breves). Otras secuencias estarían envueltas en una serie de acordes raros, en una débil disonancia, notas con un aroma a frontera, a desierto en baja definición.

Un biopic de bajo presupuesto, toscamente rodado; fotografías de teléfono móvil almacenadas en cajas de cartón. Una resolución que deja lugar a los espacios en blanco, a la disolución de los detalles.

Guitarras desafinadas que en sueños tocamos con tal destreza que no podemos dejar de llorar.

Entonces la vida parece abrir sus apetitos y nos depara los placeres del hambre. Escuchas “Shiver” en los altavoces y se detienen los contadores del gas, se atenúa la luz y la escena trascurre en una delicada cámara lenta.

No quiero dejar de tiritar, este placentero frio que me impulsa hacia las mantas.


jueves, 25 de noviembre de 2010

MASCARETAS





A medida que trascurre el tiempo el rostro humano se transforma en su máscara: una fláccida careta de pellejo, músculos, pelo y grasa que se superpone al rostro original.

Malacara, atento observador del fenómeno, sitúa la frontera en torno a los cuarenta años. Desde ese momento, los rasgos faciales se intensifican y distorsionan hasta convertirse en una caricatura grotesca de sí mismos. Una careta fijada en un único gesto (de indiferencia, hastío, cansancio, asco), en un rictus que pretende ser amable o inteligente; un vaciado de cera semiderretida formando pliegues y arrugas. La piel se cubre de excrecencias como el casco de un viejo barco de moluscos y algas.

Si Malacara se atreviese a desprender de su armazón de hueso las máscaras que le rodean, con seguridad se quedaría con un colgajo de carne inerte entre los dedos, la mascareta, el disfraz inevitable. Y debajo, al descubierto, el rostro básico y común, como una media ajustada sobre la calavera.



miércoles, 24 de noviembre de 2010

LLUVIA


No deja de llover. Como la ducha con la que procuramos renacer a las posibilidades de cada día, este inútil bautismo urbano no cambiará nada, ni en las entrañas de la ciudad ni en nosotros. La lluvia parece ensuciarlo todo un poco más y acelerar la húmeda oscuridad de la tarde. Mal día para pasear al perro.